dijous 10 de setembre de 2009

Ámsterdam

Aún conservo un bálsamo de labios que compré en Ámsterdam. Está en un pequeño bote de plástico y cuando lo abro puedo sentir su dulce olor mentolado.

Lo compré en una tienda al lado de unos de los canales más anchos de la ciudad. Era una tarde de principios de primavera, muy soleada, pero con un viento frío y seco que hizo que muchos de nuestros labios se agrietasen. Recuerdo un olor particular, el inglés correctísimo de la dependienta y el euro y algo que tuve que pagar.

Me gustó mucho Ámsterdam, sus canales, las bicis, el hachís y las fachadas de sus casas, además de los parques y la manera de ser de sus habitantes. Me acuerdo de cómo era yo por aquél entonces, a punto de cumplir 18 años. Quedaban algunos meses para la Selectividad. Fueron unos meses algo confusos, pero también de gran libertad.

Cuando quiero recordar todo esto no tengo más que abrir el cajón de mi escritorio y destapar el bálsamo. El olor me transporta a ésa ciudad y a ése tiempo.

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